

Itinerarios que explican por qué, no solo dónde ir

Guías basadas en estar ahí, no listicles de lo más popular

Diseño estructura que libera, no checklists para cumplir

Momentos que se convierten en memoria, no magia fabricada


Itinerarios que explican por qué, no solo dónde ir

Guías basadas en estar ahí, no listicles de lo más popular

Diseño estructura que libera, no checklists para cumplir

Momentos que se convierten en memoria, no magia fabricada

Siempre viajé buscando inmersión: cultura, naturaleza, arte. Mis primeros viajes por bosques de lengas patagónicos me enseñaron a mirar en capas.
Estudié Geografía. Trabajé diseñando experiencias culturales. Viví dos años en México: no visitando, sino entendiendo su sistema político, regiones y tradiciones. Después de 15 años diseñando políticas y experiencias en Netflix y Airbnb, canalicé esa misma pasión en diseñar viajes.
Sigo volviendo a Italia y a la Patagonia todos los años: no se entienden en una sola vez. Bajar el ritmo revela lo que una semana no puede.
HeySole! traduce años de vida y trabajo: una inmersión continua que tu agenda no tiene.

Estudié Geografía. Trabajé diseñando experiencias culturales. Viví dos años en México: no visitando, sino entendiendo su sistema político, regiones y tradiciones. Después de 15 años diseñando políticas y experiencias en Netflix y Airbnb, canalicé esa misma pasión en diseñar viajes.
Sigo volviendo a Italia y a la Patagonia todos los años: no se entienden en una sola vez. Bajar el ritmo revela lo que una semana no puede.
HeySole! traduce años de vida y trabajo: una inmersión continua que tu agenda no tiene.
Mi pasaporte me delata: años mapeando desde comunidades remotas hasta vinotecas. Cada elección tiene razón territorial, no solo estética.
Teotihuacán desde globos al amanecer. Diferencias entre Barolo y Amarone. Tradiciones vivas, no performance. Cuándo florecen jacarandás porteños y mexicanos. Dónde comen los romanos en Trastevere. Pelícanos en paraísos sin resorts. Senderos patagónicos cuando están vacíos. Vino en refugios de Dolomitas. Biodiversidad del Mar de Cortés.

El problema con las guías de viaje (y por qué tuve que volver a los Dolomitas)
Hay una frustración específica que se entiende cuando viajas queriendo entenderlo todo: llegar a un destino soñado con la confianza de años de experiencia y darte cuenta de que tu sistema no funciona.
Después de veranos enteros de trekking en Patagonia, tenía mi método probado y desarrollado. Mapa revisado, refugio seleccionado, estacionamiento o buses identificados, hora de regreso acordada, vianda para el almuerzo y snacks preparados… Me volví trekker sin planearlo. Cuando tuve la fortuna de conocer finalmente a los Dolomitas, sabía que no iba a ser tan simple extrapolarlo. Pero los icónicos picos puntiagudos me demostraron algo claro: cada cordillera tiene su propio idioma, y yo no lo hablaba todavía.
¿Qué hice para ayudarme a planear el viaje? En primer lugar, recurrí a amigos y amigas que ya eran habitués de la zona. Me recomendaron dónde, de los miles de pueblos que hay, sería mejor sentar mi base, y algunos refugios para visitar.
Después, me compré una (que terminaron siendo dos) guía digital que prometía darme todo lo necesario para mi viaje. Me encontré con fotos hermosas, opciones de hoteles (y elegí el mío de ahí, una muy acertada recomendación), listas de pueblos, y un circuito sugerido para recorrer la zona en siete días. Aún habiendo buscado activamente la información, me fui sin saber qué iba a caminar, aunque con confianza.
Cuando llegué finalmente a Castelrotto, la sorpresa. Esperaba tener que elegir un sendero, caminar todo el día, volver cansada. En cambio, encontré un sistema completamente distinto:
- Pueblos en todas las alturas (cerca, lejos, arriba).
- Alojamiento dentro de los plateaus.
- Refugios accesibles en auto o cable car.
- Comida de trattoria en plena montaña. Una feliz noticia.
Lo que nadie me había explicado: los Dolomitas no son una cordillera ni parecidos al resto de los Alpes. Son una serie de picos aislados, de piedra dolomítica, que se rodean por una infinidad de valles, muchos de los cuales tienen rutas y se conectan unos con otros a través de Passos.
Los plateau, en la práctica, son extensos valles verdes en altura, con senderos que los recorren sin elevación, hoteles hermosos, y prados con vacas, ovejas y caballos. Ejemplo práctico: Compatsch (1.844m) = gateway a Alpe di Siusi. Llegas en auto o cable car. Desde ahí, empezas a caminar… o a andar en carruaje, o en bicicleta. Una democratización del acceso a la altura que te permite vistas increíbles sin tanto esfuerzo físico, o desde la piscina de tu hotel.
El viaje fue inolvidable. Pero algo no cerraba. La niebla otoñal escondía los picos filosos, y yo no terminaba de entender el sistema. Los lagos verdes con reflejos se dejaron disfrutar, pero sin dudas faltaba algo más.
Volví, claro que volví. Esta vez en la semana navideña, una settimana bianca clásica italiana. Me decidí a comprender una porción pequeña pero central: Val Gardena. En una estación de cable car, me quedé mirando el mapa topográfico pegado a la pared. Marqué mentalmente cada pico: Sassolungo, Sella, Langkofel. Después salí, busqué esos mismos picos desde el mirador. ¿Se veía desde acá? ¿Y la ruta? ¿En qué dirección quedaba Bolzano? Un poco molesta mi insistencia para mi acompañante, quizás. Pero me aseguré de fijar la información.
Este proceso (observar, volver, construir sistema) es lo que hago profesionalmente. Para Italia, Argentina, Patagonia, México. No armo listas de lugares imperdibles y las ordeno en días. Diseño el mapa mental para leer el territorio como lo leo yo. Para que cuando estés en Compatsch mirando el Sassolungo, entiendas por qué ese plateau, cómo se conecta con el resto de la zona, qué revela de la geología dolomítica.
Hay algo profundamente contraintuitivo en esto. Vivimos en un mundo donde Google Maps te dice exactamente cómo llegar a cualquier lado. Las guías digitales prometen «todo lo necesario». YouTube te muestra experiencias paso a paso para que «lo vivas» antes de ir. En ese contexto, volver a un lugar solo para entenderlo mejor parece ineficiente. Pero la eficiencia no construye comprensión.
Las listas de «10 mejores» te invaden, los posts de «hidden gems» ya no esconden nada, y cada rincón del planeta tiene su guía.
Estamos saturados de información pero sedientos de comprensión.
La lógica geográfica, los ritmos culturales, por qué tal pueblo quedó arriba y tal otro abajo… son detalles que solo se revelan con tiempo, paciencia, y la humildad de admitir que la primera vez no entendiste nada. Saber a dónde ir no es lo mismo que entender qué estás viendo.
Los Dolomitas me enseñaron eso de nuevo: cada lugar tiene su propio sistema geográfico, cultural, lingüístico. Y entender sus diferencias y razones es parte de mi obsesión.
No todos los viajes necesitan este nivel de profundidad. Pero los que importan, sí. Si estás planeando tu luna de miel, ese cumpleaños de 40 que solo pasa una vez, o el único mes del año donde realmente desconectás… es ese tipo de viaje
-Sole
PS: Si te gustaría aprender más de la zona, este carrusel resume los picos más icónicos, valles y pueblos de Val Gardena, uno de los valles ladinos de los Dolomitas. Y si estás planeando un viaje, agendá acá una conversación de 30 minutos. Hablamos de tu destino, tus fechas, y si tiene sentido que lo diseñemos en conjunto.

Carta a la Riviera Maya de 2010
Corales que ya no están, sargazo que insiste y por qué sigo diseñando viajes
Viajé con mi papá a la Riviera Maya en 2010 para certificar nuestro curso de buceo. Nos sumergimos en lo que conocíamos como la segunda barrera de coral más grande del mundo. Fueron cuatro inmersiones inolvidables: nadamos junto a tortugas gigantes, cruzamos túneles naturales formados por los corales y, al hacer parasailing, vimos desde el aire la inmensidad del mar Caribe mexicano, con sus franjas turquesa, azul cobalto y verde esmeralda.
Durante cuatro días de certificación, pagué 400 dólares para que me enseñaran a respirar bajo el agua frente a esa maravilla. El dato —“segunda barrera más grande del mundo”— lo había buscado yo en Wikipedia la noche antes del viaje, emocionada por tener semejante tesoro a solo nueve horas de vuelo de Buenos Aires. Era un privilegio poder conocerlo, tenerlo en América.
Los operadores turísticos preferían otros adjetivos: “aguas cristalinas”, “biodiversidad única”, “experiencia inolvidable”.
Aprendí que el nitrógeno puede matarte si ascendés muy rápido, que las morenas pueden confundir tu dedo con un pez, que nunca hay que tocar el coral. Nadie mencionó que el coral que no debíamos tocar ya estaba muriendo. El silencio era parte del producto. Habíamos pagado por un sueño, no por una clase de ecología.
Nos quedó pendiente Cozumel, con sus famosas paredes de coral. Pero incluso entonces sabíamos que los corales estaban en peligro.
El regreso y las brigadas invisibles
Volví en 2017, esta vez a Tulum, aunque no pude bucear. Llegué armada con Google Maps y la determinación de evitar multitudes. Encontré una playa que los algoritmos catalogaban como “joya escondida”. A las seis de la mañana, buscando el amanecer, entendí que había otra escena: brigadas de limpieza.
Cuatro hombres con rastrillos y una pickup recogían montañas de algas antes de que llegaran los primeros turistas. Trabajaban en silencio, eficientes, invisibles. Cuando pregunté, uno me dijo: “Es temporal, señorita. Cosa de corrientes.” Pero sus ojos decían otra cosa. Era 2017 y el sargazo llevaba seis años llegando. ¿Cuánto dura lo temporal cuando nadie quiere nombrarlo?
Viviendo en México, descubrí que el sargazo había dejado de ser un problema de temporada para convertirse en una crisis que atravesaba cualquier conversación sobre turismo en el Caribe. La pregunta ya no era si llegaría, sino cómo ocultarlo.
El nuevo vocabulario del Caribe
Aprendí un léxico turístico que traducía la crisis:
- “Condiciones naturales variables” (hay sargazo).
- “Experiencia auténtica del Caribe” (verás la realidad que no sale en postales).
- “Temporada de renovación costera” (no vengas estos meses).
- Y la más perversa: “Oportunidad de conocer otros atractivos”. Como si el colapso ecológico fuera una invitación a comprar más tours.
Siempre se hablaba de impactos económicos. Rara vez se mencionaban los ambientales. Y casi nunca se hablaba de la barrera de coral.
El cinturón de sargazo
Desde 2011, playas que solían figurar entre las más limpias del mundo comenzaron a recibir toneladas de un alga flotante llamada sargazo. Lo que al principio pareció una anomalía estacional se convirtió en un patrón anual, con impactos cada vez más graves.
El sargazo —Sargassum natans y Sargassum fluitans— siempre existió, flotando libremente en el Atlántico Norte como parte de un ecosistema sano. El problema es la escala: el exceso de nutrientes por fertilizantes y aguas residuales del Amazonas y el Orinoco, el calentamiento global, las corrientes alteradas. Todo confluyó para crear el Great Atlantic Sargassum Belt, un cinturón de más de 8.000 kilómetros de algas —equivalente a 800 veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires— que cada año se desplaza desde África hasta el Caribe.
No solo cubre postales turísticas. Bloquea la luz solar que necesitan los corales, libera gases tóxicos al descomponerse, altera el pH del agua y favorece bacterias que compiten con los arrecifes. Todo esto en un contexto donde la Barrera Mesoamericana ya sufre por blanqueamiento, acidificación y contaminación.
En Martinica, una escuela debió cerrar por los gases. En Barbados, la ocupación hotelera cayó 40% mientras retiran el sargazo en camiones. En las Antillas Menores, los pescadores pelean contra redes enredadas. Pero en Instagram, el Caribe sigue siendo el mismo de siempre.
Las preguntas que cambian
En 2010 preguntaba: ¿Dónde está la mejor visibilidad? ¿A qué profundidad están las tortugas? ¿El agua está tibia?
Hoy pregunto: ¿Por qué el agua está cada vez más caliente? ¿Qué historias no me están contando? ¿Para quién existe este paraíso? ¿Mi presencia acelera su degradación?
A veces pienso que mi certificación de buceo fue también un documento histórico: Certified Open Water Diver, Riviera Maya, 2010. Traducción: autorizada para explorar un mundo que existió.
Viajar para recordar
El sargazo no es solo una molestia estética. Es un mensajero que insiste en hablar mientras nosotros perfeccionamos el arte de no escuchar. Como el cambio climático, parece enorme, complejo, inabarcable. Pero hay algo a nuestro alcance: dejar de mirar para otro lado. Nombrar lo que está pasando. Recordar. Porque a veces, recordar un coral es también una forma de intentar salvarlo.
Mientras el Caribe aprendía a ocultar su herida, yo busqué mar en otra costa. En el Pacífico, el Mar de Cortés me reveló una biodiversidad que el Caribe ya perdió. En La Paz —no en Los Cabos con sus resorts all-inclusive— nadé con lobos marinos, vi saltar mantarrayas, entendí que todavía existen lugares donde el equilibrio es posible.
No es que el turismo de resort sea la única causa del colapso ambiental. Pero cuando un lugar se convierte en escenario de consumo irreflexivo —bebida, fiesta, selfies— pierde su capacidad de enseñarnos, de transformarnos. Y sin transformación, ¿para qué viajar?
Viajes con memoria
En HeySole! diseño viajes para quienes, como yo, buscan más que aguas cristalinas. Para quienes entienden que viajar es también ser testigo, hacer preguntas, crear memorias conscientes.
Porque conocer un lugar no es solo saber dónde comer el mejor ceviche o encontrar la playa menos concurrida. Es entender sus silencios, sus transformaciones, sus bellezas y sus heridas.
Si este texto te hizo pensar distinto sobre cómo viajamos, compartilo. Porque recordar un coral también es una forma de cuidarlo.

Aprender a desafiar el canon para construir la biblioteca (y el pasaporte)
Leer y visitar los clásicos para desarrollar el gusto propio
En mi primer grand tour europeo evité los destinos que figuran primeros en la brújula de la mayoría de los latinoamericanos: España e Italia. Me lancé a -20 grados, capas de nieve que nunca había visto, culturas distintas. Fue divertido desde todos los ángulos. Pero recién cuando llegué a Italia el año siguiente entendí el imán: no era solo el romanticismo de las raíces, era la densidad cultural que ya había intuido en los libros, la que reconocía de mi educación y mis raíces. Leer a Dante, a Cervantes, a Virgilio había sido teoría; en Italia se volvió paisaje, y todo cerró.
Revisando mi biblioteca, descubrí que mi primera ola fue, predeciblemente, el canon que nos invitan a leer cuando nos sumergimos en la literatura. Ahí estaba García Márquez con su Macondo de violencias cíclicas, donde lo mágico era la única forma de narrar lo latinoamericano. Los salones del Bloomsbury Group, donde Virginia Woolf discutía cómo vivir y escribir distinto, y Huxley criticando con el pie adentro. La fiebre norteamericana de los años veinte, entre cócteles clandestinos y vestidos de lentejuelas. La crítica de las raíces sangrientas del continente: el silencio desértico de Rulfo, la sangre de Fuentes, La Habana de Padura. Y antes de todo eso, Homero, navegando el Mediterráneo de héroes errantes y viajes sin fin.
Esta es la base indiscutida: orienta, da pistas, a veces aburre y a veces enciende. Pero es el mapa inicial que cada uno debe aceptar o desafiar antes de trazar su propia biblioteca. En la gran mayoría de las veces, el canon se transforma en un faro. Desde ahí descubrimos el gusto propio y profundizamos en un estilo de narrativa (y de viajes). En mi biblioteca brillan las novelas ensayísticas, con La Montaña Mágica y sus mil páginas invitándome a debatir sobre la cocina de la Europa previa a la primera guerra. El gran libro abierto sobre el mapamundi lleno de pines y deseos es Roma, la ciudad a la que volví doce veces. Desde el mundo romano al renacimiento, el barroco, y la república, no hay agujero histórico que no me cautive.
Para llenarme de algo necesito densidad. Después de lecturas y viajes por el viejo y nuevo mundo, aprendí que lo que disfruto es lo que va más allá, que reflexiona además de entretener, que tiene capas, y dependiendo del momento de la vida, se puede disfrutar cada vez desde un ángulo distinto.
Vi hace unos días en redes a alguien preguntándose por qué Múnich no figura en los recorridos europeos esenciales, y creo que la respuesta está en el canon. La narrativa alemana que aprendemos nos lleva primero a Berlín: el Muro, la memoria histórica, el peso del siglo XX. Pero Múnich es otra Alemania, igualmente densa: capital de Baviera, espejo de su arquitectura, de sus festivales gastronómicos y de sus tradiciones folclóricas. Sabe abrazar el presente sin renegar del pasado. La lectura que más refleja a Múnich en mi biblioteca es, justamente, Thomas Mann. Combina raíces germánicas, elegancia burguesa, tensión con la modernidad y ese aire de ciudad que bebe cerveza bajo los castaños mientras resguarda colecciones de pintura gótica, bibliotecas infinitas y sedes de empresas tecnológicas. La Alemania donde tradición y modernidad conviven en tensión aparece como una segunda capa, menos evidente, pero igual de imprescindible.
Justamente, construir nuestra propia colección de libros, relatos, culturas, comunidades, ciudades y paisajes, requiere osadía y energía. No lo digo en un sentido snob, sino práctico: se necesita de tiempo, recursos y también curiosidad.
A veces hace falta hasta coraje para contestar preguntas incómodas cuando nos salimos de la ruta que todos esperan que tomemos: ¿por qué lees a esa autora contemporánea y no a Proust?; ¿otra vez en Toscana cuando todavía no fuiste a Galicia? Pero ese Fausto cuestionador está principalmente en nosotros, con cuestionamientos internos: ¿invierto mi preciado tiempo libre en descubrir si me resuenan los Alpes franceses, suizos, italianos o austríacos? ¿Y si es todo lo mismo?
En ese pequeño ejemplo hay un mundo: ¿de qué Alpes suizos hablo? ¿De la belleza y el lujo de St. Moritz sobre el lago congelado, donde carruajes de caballo disputan el premio mientras saboreamos espumante servido por un camarero en patines de hielo? ¿De la vida de esquí y alpinismo de Zermatt, el pueblo concienzudo con el ambiente donde los pocos vehículos que hay son eléctricos, y la vista constante al Matterhorn nos recuerda que es esa la naturaleza que queremos mantener prístina?
Si bien visité tres veces St. Moritz brevemente, sin dudas pasaría semanas y semanas en distintas estaciones del año bajo el Matterhorn, caminando por sus senderos, deslizándome por las pistas, descubriendo las caras italianas y los picos franceses desde la altura. No es que el lujo me incomode, pero no encontré en él la vitalidad que sí hallé en Zermatt.
En fotografías todo parece bello, no hay dudas. Pero viviéndolo, como pasando las hojas de un libro, descubrimos qué nos abre la curiosidad. Una curiosidad que se alimenta de caminatas, preguntas a locales, lecturas, y donde yo encuentro el placer. El camino, a veces, puede ser pesado. Hay neblinas en las que leemos o visitamos solo porque todo el resto lo hace. No tarda en llegar ese momento de sabueso en que se huele qué es lo tuyo. Por instinto, guiados por libreros, amigos lectores, viajeros, o una amiga curiosa como yo, podés llegar a tu trufa.
Encontré así a María Gainza: netamente porteña, amante del arte, crítica social, ensayista autobiográfica que juega con la literatura. Desde las primeras páginas de El nervio óptico me di cuenta que esos análisis de obra de arte de museos de Buenos Aires entrecruzados con relatos autobiográficos un poco satíricos me atrapaban. La belleza arquitectónica y el poder político del breve reino de los Saboya que sin embargo unificó Italia, me llevaron a Torino a comer gianduiotti (y trufas blancas en la vecina Alba). Descubrir estas joyas, por mí misma, valió cada lectura y cada viaje. El riesgo a equivocarse siempre está en el aire, pero la recompensa es tan grande, que sigo oliendo el viento, buscando cuál es el próximo tesoro al que me llevará mi olfato.
No se trata de coleccionar destinos o autores prestigiosos. Se trata de reconocer qué te hace sentir más vivo, más curioso, más vos.
¿Qué lugar o libro te hizo entender que podías trazar tu propio mapa?

Hay una frustración específica que se entiende cuando viajas queriendo entenderlo todo: llegar a un destino soñado con la confianza de años de experiencia y darte cuenta de que tu sistema no funciona.
Después de veranos enteros de trekking en Patagonia, tenía mi método probado y desarrollado. Mapa revisado, refugio seleccionado, estacionamiento o buses identificados, hora de regreso acordada, vianda para el almuerzo y snacks preparados… Me volví trekker sin planearlo. Cuando tuve la fortuna de conocer finalmente a los Dolomitas, sabía que no iba a ser tan simple extrapolarlo. Pero los icónicos picos puntiagudos me demostraron algo claro: cada cordillera tiene su propio idioma, y yo no lo hablaba todavía.
¿Qué hice para ayudarme a planear el viaje? En primer lugar, recurrí a amigos y amigas que ya eran habitués de la zona. Me recomendaron dónde, de los miles de pueblos que hay, sería mejor sentar mi base, y algunos refugios para visitar.
Después, me compré una (que terminaron siendo dos) guía digital que prometía darme todo lo necesario para mi viaje. Me encontré con fotos hermosas, opciones de hoteles (y elegí el mío de ahí, una muy acertada recomendación), listas de pueblos, y un circuito sugerido para recorrer la zona en siete días. Aún habiendo buscado activamente la información, me fui sin saber qué iba a caminar, aunque con confianza.
Cuando llegué finalmente a Castelrotto, la sorpresa. Esperaba tener que elegir un sendero, caminar todo el día, volver cansada. En cambio, encontré un sistema completamente distinto:
- Pueblos en todas las alturas (cerca, lejos, arriba).
- Alojamiento dentro de los plateaus.
- Refugios accesibles en auto o cable car.
- Comida de trattoria en plena montaña. Una feliz noticia.
Lo que nadie me había explicado: los Dolomitas no son una cordillera ni parecidos al resto de los Alpes. Son una serie de picos aislados, de piedra dolomítica, que se rodean por una infinidad de valles, muchos de los cuales tienen rutas y se conectan unos con otros a través de Passos.
Los plateau, en la práctica, son extensos valles verdes en altura, con senderos que los recorren sin elevación, hoteles hermosos, y prados con vacas, ovejas y caballos. Ejemplo práctico: Compatsch (1.844m) = gateway a Alpe di Siusi. Llegas en auto o cable car. Desde ahí, empezas a caminar… o a andar en carruaje, o en bicicleta. Una democratización del acceso a la altura que te permite vistas increíbles sin tanto esfuerzo físico, o desde la piscina de tu hotel.
El viaje fue inolvidable. Pero algo no cerraba. La niebla otoñal escondía los picos filosos, y yo no terminaba de entender el sistema. Los lagos verdes con reflejos se dejaron disfrutar, pero sin dudas faltaba algo más.
Volví, claro que volví. Esta vez en la semana navideña, una settimana bianca clásica italiana. Me decidí a comprender una porción pequeña pero central: Val Gardena. En una estación de cable car, me quedé mirando el mapa topográfico pegado a la pared. Marqué mentalmente cada pico: Sassolungo, Sella, Langkofel. Después salí, busqué esos mismos picos desde el mirador. ¿Se veía desde acá? ¿Y la ruta? ¿En qué dirección quedaba Bolzano? Un poco molesta mi insistencia para mi acompañante, quizás. Pero me aseguré de fijar la información.
Este proceso (observar, volver, construir sistema) es lo que hago profesionalmente. Para Italia, Argentina, Patagonia, México. No armo listas de lugares imperdibles y las ordeno en días. Diseño el mapa mental para leer el territorio como lo leo yo. Para que cuando estés en Compatsch mirando el Sassolungo, entiendas por qué ese plateau, cómo se conecta con el resto de la zona, qué revela de la geología dolomítica.
Hay algo profundamente contraintuitivo en esto. Vivimos en un mundo donde Google Maps te dice exactamente cómo llegar a cualquier lado. Las guías digitales prometen «todo lo necesario». YouTube te muestra experiencias paso a paso para que «lo vivas» antes de ir. En ese contexto, volver a un lugar solo para entenderlo mejor parece ineficiente. Pero la eficiencia no construye comprensión.
Las listas de «10 mejores» te invaden, los posts de «hidden gems» ya no esconden nada, y cada rincón del planeta tiene su guía.
Estamos saturados de información pero sedientos de comprensión.
La lógica geográfica, los ritmos culturales, por qué tal pueblo quedó arriba y tal otro abajo… son detalles que solo se revelan con tiempo, paciencia, y la humildad de admitir que la primera vez no entendiste nada. Saber a dónde ir no es lo mismo que entender qué estás viendo.
Los Dolomitas me enseñaron eso de nuevo: cada lugar tiene su propio sistema geográfico, cultural, lingüístico. Y entender sus diferencias y razones es parte de mi obsesión.
No todos los viajes necesitan este nivel de profundidad. Pero los que importan, sí. Si estás planeando tu luna de miel, ese cumpleaños de 40 que solo pasa una vez, o el único mes del año donde realmente desconectás… es ese tipo de viaje
-Sole
PS: Si te gustaría aprender más de la zona, este carrusel resume los picos más icónicos, valles y pueblos de Val Gardena, uno de los valles ladinos de los Dolomitas. Y si estás planeando un viaje, agendá acá una conversación de 30 minutos. Hablamos de tu destino, tus fechas, y si tiene sentido que lo diseñemos en conjunto.









