
¿Qué hace Favignana después del toque de la varita mágica?

La Odisea de Nolan: qué deja un rodaje, qué promete una película y a quién le cierra la puerta la protección.
Pedalear en una especie de desierto rocoso blanco y ocre, con el traje de baño aún un poco húmedo, sombrero para protegerse del sol, y ganas de chapuzón en la próxima cala. Almorzar caponata fría mirando las olas y terminar con un caffè al pistacchio. Correr la subida al monte como entrenamiento matinal, y recuperar el aliento con el viento soplando por lo que solía ser una ventana del Castillo de Santa Caterina. Así eran mis días en Favignana, la isla frente a Trapani, hace algunos años. Esa vista, que yo creía mía, ahora es de Ulises, y de las salas de cine de todo el mundo.
Hay destinos que trabajan años para que los elija una película: arman film commissions, ofrecen incentivos, van a ferias internacionales a mostrar sus locaciones. A Favignana, como lo cuentan en la isla, le tocó. La isla más grande de las Egadi, a media hora de ferry, es la Ítaca de La Odisea de Christopher Nolan. Ítaca existe, claro, y está en Grecia, pero el que quiera estar en la Ítaca de la película tiene que ir a Sicilia.
El premio de haber sido set es el famoso derrame económico. Pero una producción no es un programa de desarrollo. Lo que pasa después depende de la isla.
La producción pasó algunos meses en la isla, entre fines de 2024 y la primavera de 2025, para completar unas siete semanas de filmación. Empleó a unas 500 personas entre extras y oficios, y el intendente estima entre 1 y 2 millones de euros de gasto local en esos meses. Por el uso de la vieja tonnara como campamento base, dice, el municipio cobró 130 mil euros. Construyeron un teleférico para subir equipos al castillo y lo desarmaron; el camino que pidió la producción no se autorizó.
Lo que se anuncia es de otro tamaño. 250 millones de euros en turismo en los próximos tres años, o cinco, según quién lo diga, y que nadie firma. En el municipio cuentan que se acercaron inversores de Norteamérica, Medio Oriente e India, que un antiguo complejo vacacional apunta a cinco estrellas y que el Palazzotto Florio abre como hotel boutique en junio de 2027. Festejan, y tienen con qué.
Pero Favignana es una isla de calas. Cortes en la roca desde los que te metés directo al agua, saltando con heroísmo desde plataformas o caminando con zapatitos por lechos de piedras. Las más famosas, como Cala Rossa, fueron canteras donde durante siglos, a mano y en bloques, se sacó la piedra con la que se construyó la isla y parte de Trapani. A las once de la mañana, una cala la comparten los 3.000 habitantes, los que se alojan y los que bajaron del ferry esa mañana. En un día de verano ya son entre 40 y 50 mil personas en la isla.
Los que llegan, dicen en la isla, son en su mayoría italianos, y la mitad sicilianos. Para alguien de Trapani es su playa, a media hora, y para muchos es la vacación de siempre. Durante años, el alojamiento fue cosa de dueños que reformaban su casa para hacerla bed & breakfast. Ahora llegan empresarios a recuperar los inmuebles grandes.
Los medios italianos se espantan con el efecto White Lotus: grupos que avanzan peregrinando hacia la foto, precios elevados, y la isla convertida en una Taormina. Cuando eso pasa, las autoridades buscan protección, y las recetas son dos: frenar la visita por el día y restringir los alojamientos temporarios. El municipio ya mira a Capri, que este verano limitó los grupos a 40 personas. Pero en Favignana el que llega por el día no siempre viene en grupo: también es el siciliano que cruza desde Trapani. Y los alojamientos temporarios son de los dueños de las casas. Lo enlatado rara vez resuelve. La isla ya tiene una regla propia: en verano no entra el auto de quien se queda menos de seis días. Frena el auto, no al vecino.
Podemos preguntarles a los sicilianos cómo se imaginan su isla después de esos cinco años de desarrollo y turismo. Yo me animo a describir la isla a la que me gustaría volver. El mar sigue siendo para nadar. La historia del castillo y la tonnara me la explican guías locales, que además me llevan a probar cannoli rellenados en el momento, como corresponde. Y mientras leo en una roca a la sombra, escucho sicilianos gritándose antes de meterse al agua. Un masaje en el spa del hotel a la tarde y después un aperitivo en el bar del pueblo. ¿Puede una isla crecer, y protegerse, sin echar al que la hace valer la pena?
White Lotus vendía una vida: el hotel, el desayuno, la gente linda arruinándose las vacaciones. Eso se reserva. Nolan vende una vista. Y la vista de Favignana queda al final de una subida sin sombra, o abajo de un salto desde la roca. No hay van que llegue.
Quizás alcance con eso. Quizás la piedra haga de límite sola, lleguen los hoteles y el de Trapani siga cruzando los sábados. Quizás no, y Sicilia se quede sin uno de sus desvíos. No lo sabemos. Ni el intendente, ni los inversores, ni los que viven ahí, ni yo.
Ulises tardó diez años en volver a Ítaca. A esta le vamos a ver la cara bastante antes.
Publicado originalmente en Sole Plazas, el 8 de octubre de 2026.

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