
Carta a la Riviera Maya de 2010

Corales que ya no están, sargazo que insiste y por qué sigo diseñando viajes
Viajé con mi papá a la Riviera Maya en 2010 para certificar nuestro curso de buceo. Nos sumergimos en lo que conocíamos como la segunda barrera de coral más grande del mundo. Fueron cuatro inmersiones inolvidables: nadamos junto a tortugas gigantes, cruzamos túneles naturales formados por los corales y, al hacer parasailing, vimos desde el aire la inmensidad del mar Caribe mexicano, con sus franjas turquesa, azul cobalto y verde esmeralda.
Durante cuatro días de certificación, pagué 400 dólares para que me enseñaran a respirar bajo el agua frente a esa maravilla. El dato —“segunda barrera más grande del mundo”— lo había buscado yo en Wikipedia la noche antes del viaje, emocionada por tener semejante tesoro a solo nueve horas de vuelo de Buenos Aires. Era un privilegio poder conocerlo, tenerlo en América.
Los operadores turísticos preferían otros adjetivos: “aguas cristalinas”, “biodiversidad única”, “experiencia inolvidable”.
Aprendí que el nitrógeno puede matarte si ascendés muy rápido, que las morenas pueden confundir tu dedo con un pez, que nunca hay que tocar el coral. Nadie mencionó que el coral que no debíamos tocar ya estaba muriendo. El silencio era parte del producto. Habíamos pagado por un sueño, no por una clase de ecología.
Nos quedó pendiente Cozumel, con sus famosas paredes de coral. Pero incluso entonces sabíamos que los corales estaban en peligro.
El regreso y las brigadas invisibles
Volví en 2017, esta vez a Tulum, aunque no pude bucear. Llegué armada con Google Maps y la determinación de evitar multitudes. Encontré una playa que los algoritmos catalogaban como “joya escondida”. A las seis de la mañana, buscando el amanecer, entendí que había otra escena: brigadas de limpieza.
Cuatro hombres con rastrillos y una pickup recogían montañas de algas antes de que llegaran los primeros turistas. Trabajaban en silencio, eficientes, invisibles. Cuando pregunté, uno me dijo: “Es temporal, señorita. Cosa de corrientes.” Pero sus ojos decían otra cosa. Era 2017 y el sargazo llevaba seis años llegando. ¿Cuánto dura lo temporal cuando nadie quiere nombrarlo?
Viviendo en México, descubrí que el sargazo había dejado de ser un problema de temporada para convertirse en una crisis que atravesaba cualquier conversación sobre turismo en el Caribe. La pregunta ya no era si llegaría, sino cómo ocultarlo.
El nuevo vocabulario del Caribe
Aprendí un léxico turístico que traducía la crisis:
- “Condiciones naturales variables” (hay sargazo).
- “Experiencia auténtica del Caribe” (verás la realidad que no sale en postales).
- “Temporada de renovación costera” (no vengas estos meses).
- Y la más perversa: “Oportunidad de conocer otros atractivos”. Como si el colapso ecológico fuera una invitación a comprar más tours.
Siempre se hablaba de impactos económicos. Rara vez se mencionaban los ambientales. Y casi nunca se hablaba de la barrera de coral.
El cinturón de sargazo
Desde 2011, playas que solían figurar entre las más limpias del mundo comenzaron a recibir toneladas de un alga flotante llamada sargazo. Lo que al principio pareció una anomalía estacional se convirtió en un patrón anual, con impactos cada vez más graves.
El sargazo —Sargassum natans y Sargassum fluitans— siempre existió, flotando libremente en el Atlántico Norte como parte de un ecosistema sano. El problema es la escala: el exceso de nutrientes por fertilizantes y aguas residuales del Amazonas y el Orinoco, el calentamiento global, las corrientes alteradas. Todo confluyó para crear el Great Atlantic Sargassum Belt, un cinturón de más de 8.000 kilómetros de algas —equivalente a 800 veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires— que cada año se desplaza desde África hasta el Caribe.
No solo cubre postales turísticas. Bloquea la luz solar que necesitan los corales, libera gases tóxicos al descomponerse, altera el pH del agua y favorece bacterias que compiten con los arrecifes. Todo esto en un contexto donde la Barrera Mesoamericana ya sufre por blanqueamiento, acidificación y contaminación.
En Martinica, una escuela debió cerrar por los gases. En Barbados, la ocupación hotelera cayó 40% mientras retiran el sargazo en camiones. En las Antillas Menores, los pescadores pelean contra redes enredadas. Pero en Instagram, el Caribe sigue siendo el mismo de siempre.
Las preguntas que cambian
En 2010 preguntaba: ¿Dónde está la mejor visibilidad? ¿A qué profundidad están las tortugas? ¿El agua está tibia?
Hoy pregunto: ¿Por qué el agua está cada vez más caliente? ¿Qué historias no me están contando? ¿Para quién existe este paraíso? ¿Mi presencia acelera su degradación?
A veces pienso que mi certificación de buceo fue también un documento histórico: Certified Open Water Diver, Riviera Maya, 2010. Traducción: autorizada para explorar un mundo que existió.
Viajar para recordar
El sargazo no es solo una molestia estética. Es un mensajero que insiste en hablar mientras nosotros perfeccionamos el arte de no escuchar. Como el cambio climático, parece enorme, complejo, inabarcable. Pero hay algo a nuestro alcance: dejar de mirar para otro lado. Nombrar lo que está pasando. Recordar. Porque a veces, recordar un coral es también una forma de intentar salvarlo.
Mientras el Caribe aprendía a ocultar su herida, yo busqué mar en otra costa. En el Pacífico, el Mar de Cortés me reveló una biodiversidad que el Caribe ya perdió. En La Paz —no en Los Cabos con sus resorts all-inclusive— nadé con lobos marinos, vi saltar mantarrayas, entendí que todavía existen lugares donde el equilibrio es posible.
No es que el turismo de resort sea la única causa del colapso ambiental. Pero cuando un lugar se convierte en escenario de consumo irreflexivo —bebida, fiesta, selfies— pierde su capacidad de enseñarnos, de transformarnos. Y sin transformación, ¿para qué viajar?
Viajes con memoria
En HeySole! diseño viajes para quienes, como yo, buscan más que aguas cristalinas. Para quienes entienden que viajar es también ser testigo, hacer preguntas, crear memorias conscientes.
Porque conocer un lugar no es solo saber dónde comer el mejor ceviche o encontrar la playa menos concurrida. Es entender sus silencios, sus transformaciones, sus bellezas y sus heridas.
Si este texto te hizo pensar distinto sobre cómo viajamos, compartilo. Porque recordar un coral también es una forma de cuidarlo.

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Un espacio semanal de reflexión donde comparto mis experiencias, expresadas a través de mis pasiones: la lectura, los viajes, el cine, el arte, la política y la tecnología.


