
Aprender a desafiar el canon para construir la biblioteca (y el pasaporte)

Leer y visitar los clásicos para desarrollar el gusto propio
En mi primer grand tour europeo evité los destinos que figuran primeros en la brújula de la mayoría de los latinoamericanos: España e Italia. Me lancé a -20 grados, capas de nieve que nunca había visto, culturas distintas. Fue divertido desde todos los ángulos. Pero recién cuando llegué a Italia el año siguiente entendí el imán: no era solo el romanticismo de las raíces, era la densidad cultural que ya había intuido en los libros, la que reconocía de mi educación y mis raíces. Leer a Dante, a Cervantes, a Virgilio había sido teoría; en Italia se volvió paisaje, y todo cerró.
Revisando mi biblioteca, descubrí que mi primera ola fue, predeciblemente, el canon que nos invitan a leer cuando nos sumergimos en la literatura. Ahí estaba García Márquez con su Macondo de violencias cíclicas, donde lo mágico era la única forma de narrar lo latinoamericano. Los salones del Bloomsbury Group, donde Virginia Woolf discutía cómo vivir y escribir distinto, y Huxley criticando con el pie adentro. La fiebre norteamericana de los años veinte, entre cócteles clandestinos y vestidos de lentejuelas. La crítica de las raíces sangrientas del continente: el silencio desértico de Rulfo, la sangre de Fuentes, La Habana de Padura. Y antes de todo eso, Homero, navegando el Mediterráneo de héroes errantes y viajes sin fin.
Esta es la base indiscutida: orienta, da pistas, a veces aburre y a veces enciende. Pero es el mapa inicial que cada uno debe aceptar o desafiar antes de trazar su propia biblioteca. En la gran mayoría de las veces, el canon se transforma en un faro. Desde ahí descubrimos el gusto propio y profundizamos en un estilo de narrativa (y de viajes). En mi biblioteca brillan las novelas ensayísticas, con La Montaña Mágica y sus mil páginas invitándome a debatir sobre la cocina de la Europa previa a la primera guerra. El gran libro abierto sobre el mapamundi lleno de pines y deseos es Roma, la ciudad a la que volví doce veces. Desde el mundo romano al renacimiento, el barroco, y la república, no hay agujero histórico que no me cautive.
Para llenarme de algo necesito densidad. Después de lecturas y viajes por el viejo y nuevo mundo, aprendí que lo que disfruto es lo que va más allá, que reflexiona además de entretener, que tiene capas, y dependiendo del momento de la vida, se puede disfrutar cada vez desde un ángulo distinto.
Vi hace unos días en redes a alguien preguntándose por qué Múnich no figura en los recorridos europeos esenciales, y creo que la respuesta está en el canon. La narrativa alemana que aprendemos nos lleva primero a Berlín: el Muro, la memoria histórica, el peso del siglo XX. Pero Múnich es otra Alemania, igualmente densa: capital de Baviera, espejo de su arquitectura, de sus festivales gastronómicos y de sus tradiciones folclóricas. Sabe abrazar el presente sin renegar del pasado. La lectura que más refleja a Múnich en mi biblioteca es, justamente, Thomas Mann. Combina raíces germánicas, elegancia burguesa, tensión con la modernidad y ese aire de ciudad que bebe cerveza bajo los castaños mientras resguarda colecciones de pintura gótica, bibliotecas infinitas y sedes de empresas tecnológicas. La Alemania donde tradición y modernidad conviven en tensión aparece como una segunda capa, menos evidente, pero igual de imprescindible.
Justamente, construir nuestra propia colección de libros, relatos, culturas, comunidades, ciudades y paisajes, requiere osadía y energía. No lo digo en un sentido snob, sino práctico: se necesita de tiempo, recursos y también curiosidad.
A veces hace falta hasta coraje para contestar preguntas incómodas cuando nos salimos de la ruta que todos esperan que tomemos: ¿por qué lees a esa autora contemporánea y no a Proust?; ¿otra vez en Toscana cuando todavía no fuiste a Galicia? Pero ese Fausto cuestionador está principalmente en nosotros, con cuestionamientos internos: ¿invierto mi preciado tiempo libre en descubrir si me resuenan los Alpes franceses, suizos, italianos o austríacos? ¿Y si es todo lo mismo?
En ese pequeño ejemplo hay un mundo: ¿de qué Alpes suizos hablo? ¿De la belleza y el lujo de St. Moritz sobre el lago congelado, donde carruajes de caballo disputan el premio mientras saboreamos espumante servido por un camarero en patines de hielo? ¿De la vida de esquí y alpinismo de Zermatt, el pueblo concienzudo con el ambiente donde los pocos vehículos que hay son eléctricos, y la vista constante al Matterhorn nos recuerda que es esa la naturaleza que queremos mantener prístina?
Si bien visité tres veces St. Moritz brevemente, sin dudas pasaría semanas y semanas en distintas estaciones del año bajo el Matterhorn, caminando por sus senderos, deslizándome por las pistas, descubriendo las caras italianas y los picos franceses desde la altura. No es que el lujo me incomode, pero no encontré en él la vitalidad que sí hallé en Zermatt.
En fotografías todo parece bello, no hay dudas. Pero viviéndolo, como pasando las hojas de un libro, descubrimos qué nos abre la curiosidad. Una curiosidad que se alimenta de caminatas, preguntas a locales, lecturas, y donde yo encuentro el placer. El camino, a veces, puede ser pesado. Hay neblinas en las que leemos o visitamos solo porque todo el resto lo hace. No tarda en llegar ese momento de sabueso en que se huele qué es lo tuyo. Por instinto, guiados por libreros, amigos lectores, viajeros, o una amiga curiosa como yo, podés llegar a tu trufa.
Encontré así a María Gainza: netamente porteña, amante del arte, crítica social, ensayista autobiográfica que juega con la literatura. Desde las primeras páginas de El nervio óptico me di cuenta que esos análisis de obra de arte de museos de Buenos Aires entrecruzados con relatos autobiográficos un poco satíricos me atrapaban. La belleza arquitectónica y el poder político del breve reino de los Saboya que sin embargo unificó Italia, me llevaron a Torino a comer gianduiotti (y trufas blancas en la vecina Alba). Descubrir estas joyas, por mí misma, valió cada lectura y cada viaje. El riesgo a equivocarse siempre está en el aire, pero la recompensa es tan grande, que sigo oliendo el viento, buscando cuál es el próximo tesoro al que me llevará mi olfato.
No se trata de coleccionar destinos o autores prestigiosos. Se trata de reconocer qué te hace sentir más vivo, más curioso, más vos.
¿Qué lugar o libro te hizo entender que podías trazar tu propio mapa?

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Un espacio semanal de reflexión donde comparto mis experiencias, expresadas a través de mis pasiones: la lectura, los viajes, el cine, el arte, la política y la tecnología.


