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El Puerto que nació viejo: cuando Buenos Aires eligió prestigio sobre función

El Puerto que nació viejo: cuando Buenos Aires eligió prestigio sobre función

Una historia de decisiones urbanas, fracasos necesarios y la valentía de reinventarse

¿Sabías que Buenos Aires eligió construir un puerto que no funcionaría solo para parecerse a Europa? Esta es la historia de Puerto Madero: cuando el prestigio ganó al pragmatismo… y cómo ese «fracaso» se convirtió en la transformación urbana más audaz de América Latina. Al final te muestro cómo esta historia es parte de mi nueva guía de Buenos Aires: cinco caminatas y una pedaleada curadas donde la arquitectura dialoga con la política, el urbanismo con la memoria, y cada recorrido incluye mi mirada y mis recomendaciones para disfrutarla.

En 1882, dos proyectos se disputaron no solo el puerto de Buenos Aires, sino la idea que la ciudad tenía de sí misma. Luis Huergo —ingeniero, pragmático— proponía muelles rectos que siguieran la geografía del río: funcionales, económicos, pensados para una ciudad-puerto que crecía desde el trabajo. Eduardo Madero —sobrino del vicepresidente Francisco Madero, bien posicionado— imaginaba dársenas cerradas al estilo Liverpool: simétricas, ornamentales, dignas de una capital que siempre buscaba a Europa antes que entenderse a sí misma.

La batalla entre pragmatismo criollo y prestigio importado la ganó Madero. Entre 1887 y 1898, los arquitectos ingleses John Hawkshaw y Harrington Hayter diseñaron desde Londres un puerto que la empresa Thomas Walker & Co. construyó con docks de ladrillo rojo que parecían catedrales industriales transplantadas desde Inglaterra. Las grúas Armstrong Whitworth presidían un puerto hermoso pero disfuncional: era escenografía antes que infraestructura.

Para 1911 ya construían Puerto Nuevo siguiendo —ironía del destino— las ideas de Huergo. En 1925, los últimos barcos abandonaron las dársenas de Madero. El puerto que nació para impresionar quedó como reliquia urbana: más de 60 años de abandono, con galpones monumentales tomados por colonias enteras de ratas, en el corazón de una ciudad que prefería no mirar hacia el río.

La arqueología del abandono

Mi abuela lo veía desde su oficina en la ANMAT: ese paisaje de abandono que Buenos Aires había naturalizado. Galpones de ladrillo mordidos por la humedad, estructuras metálicas oxidándose bajo la intemperie, malezas que crecían entre los rieles ferroviarios. Era el reverso exacto del puerto soñado: el lugar donde la ciudad guardaba su fracaso más visible.

Durante más de medio siglo, Puerto Madero fue el inconsciente urbano porteño. Ahí estaban las consecuencias de elegir la apariencia por sobre la función, el prestigio por sobre el pragmatismo. La decisión de 1882 se había vuelto ruina, y la ruina se había vuelto normalidad.

Pero las ciudades, como las personas, a veces necesitan tocar fondo para poder reinventarse.

El laboratorio de la reinvención

En 1991, cuando la Corporación Antiguo Puerto Madero —modelo de gestión mixta inédito en Argentina— decidió que era momento de transformar ese borde urbano, no se trataba solo de recuperar edificios. Era redefinir qué ciudad queríamos ser. Otra vez, la geografía como política; el urbanismo como autorretrato.

Mi papá se mudó cerquita de Puerto Madero a fines de los ’90, cuando las grúas aún dibujaban el skyline y cada paseo era arqueología del futuro. Íbamos a ver cómo crecían las torres El Faro, a caminar el Puente de la Mujer como si fuéramos los primeros en pisarlo, a presenciar cómo los viejos silos de Molinos se convertían en lofts con las grúas Armstrong Whitworth todavía presentes como testigos silenciosos de las dos épocas que vivió este lugar: la industrial y la residencial.

Los parques de líneas rectas y césped milimétrico eran nuestro laboratorio de modernidad: una Buenos Aires sin veredas rotas ni esquinas improvisadas. Pero también algo más: espacios verdes planificados donde antes solo había abandono, paseos peatonales que conectaban la ciudad con el río, infraestructura cultural que democratizaba el acceso al arte contemporáneo.

Porque Puerto Madero no es solo torres corporativas y restaurantes sobre el dique —aunque esa sea la postal más vendida. Es también el Museo Fortabat con arte argentino de primer nivel, la Reserva Ecológica que se autorregeneró sobre escombros, los senderos para correr donde cualquiera puede entrenar gratis, la Fuente de las Nereidas que migró desde Plaza de Mayo para encontrar su lugar definitivo frente al río, la histórica fragata Sarmiento que cuenta la historia naval argentina.

El Puerto que nació viejo: cuando Buenos Aires eligió prestigio sobre función

Más allá de la postal turística

Después me mudé cerca y Puerto Madero se volvió mi pista de running matutina, mi refugio verde en una ciudad que respira concreto, mi conexión directa con el río sin mediación de semáforos. Ahí entendí que este barrio tiene múltiples capas de uso, no todas visibles en las guías turísticas.

A las 7 AM, mientras los camareros vestidos de gauchos aún duermen, Puerto Madero pertenece a los runners, a los que pasean perros, a los jubilados que hacen tai chi frente al río. A las 8, se llena de oficinistas que caminan hacia sus espejados edificios corporativos. A las 6 PM, es territorio de familias que buscan espacio libre para que los chicos anden en bicicleta. Los fines de semana, se transforma en destino de descanso: picnics, pedaleadas y mate.

¿Es gentrificación? Sí, también. Pero es más complejo que eso.

La política de la transformación urbana

Aquí está la tensión que define Puerto Madero y que, en realidad, define toda transformación urbana exitosa: ¿puede un espacio ser simultáneamente exclusivo e inclusivo? ¿Puede la planificación estatal convivir con la inversión privada sin que una anule a la otra?

Para muchos porteños, Puerto Madero sigue siendo ostentación vacía, un no-lugar que no les pertenece, un experimento inmobiliario disfrazado de barrio. Y tienen razón parcial: es caro vivir ahí, muchos restaurantes apuntan al turismo, la estética en algunos casos parece impostada.

Pero también es cierto que donde antes había terreno baldío ahora hay 28 hectáreas de espacios verdes públicos dentro del proyecto Puerto Madero. Que la Costanera Sur, que pasó de balneario elegante en los años 20 a zona marginada en los 70, hoy es parte del mayor complejo de espacios verdes del centro porteño junto con la Reserva Ecológica de 350 hectáreas. Que el arte argentino tiene un espacio de exhibición (el Museo Fortabat) que antes no existía. Que miles de personas pueden acceder al río en una ciudad que históricamente le dio la espalda al agua.

Lecciones de un fracaso convertido en oportunidad

La verdadera lección de Puerto Madero no es que la transformación urbana sea buena o mala per se. Es que las ciudades, como los organismos vivos, necesitan evolucionar o mueren. Y que a veces, paradójicamente, el fracaso más estrepitoso puede convertirse en la oportunidad más valiosa.

Buenos Aires eligió mal en 1882. Construyó un puerto inglés en geografía rioplatense, priorizó la imagen sobre la función, apostó al prestigio importado por sobre la innovación local. El resultado fue predecible: un puerto que no funcionó, que quedó obsoleto antes de cumplir 40 años.

Pero ese error se volvió, un siglo después, la materia prima de una de las transformaciones urbanas más audaces de América Latina. Los galpones victorianos abandonados se convirtieron en lofts y centros culturales. Las dársenas disfuncionales se transformaron en espejos de agua que multiplican el cielo. Los rieles oxidados se volvieron senderos verdes.

La geografía del presente

Yo insisto en que Puerto Madero es para vivirlo: para respirar el aire que viene del agua, para ver arte entre diques históricos, para entender que a veces una ciudad necesita inventarse espacios donde no existían. No es nostalgia ni especulación pura: es geografía del presente, un pedazo de Buenos Aires que se animó a no parecerse a ningún otro.

¿Es perfecto? No. ¿Es inclusivo? No completamente. ¿Resolvió todos los problemas urbanos de Buenos Aires? Por supuesto que no.

Pero sí logró algo que parecía imposible: devolverle el río a una ciudad que había olvidado que era portuaria. Y eso, en una metrópolis de 15 millones de habitantes, no es poca cosa.

La próxima vez que camines por Puerto Madero —ya sea para correr, para ver una exposición o sí, incluso para comer en uno de esos restaurantes con vista al dique— recordá que estás pisando la materialización de una pregunta que todas las ciudades se hacen: ¿quiénes somos y quiénes queremos ser?

Buenos Aires tardó 109 años en responderla. Pero cuando lo hizo, construyó no solo un barrio nuevo, sino una nueva forma de pensarse a sí misma.

Esta historia de reinvención urbana es solo la introducción a mi caminata por Puerto Madero. Mi Guía de Buenos Aires incluye cinco recorridos más que decodifican cómo esta ciudad se convirtió en lo que es hoy: la tensión entre Europa y América, el poder real detrás de las fachadas, los secretos que solo conocen los locales.

¿Querés vivir Buenos Aires con otros ojos? La guía Slow Buenos Aires está acá. Solo recomiendo lugares donde estuve, solo diseño experiencias que viví.

¿Tenés alguna experiencia propia de Puerto Madero? ¿O algún lugar de tu ciudad que cambió completamente y te genera sentimientos encontrados? Me encanta leer estas historias en los comentarios.

Si esta historia te resonó, compartila. Seguramente conocés a alguien que necesita redescubrir su propia ciudad con otros ojos.

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Un espacio semanal de reflexión donde comparto mis experiencias, expresadas a través de mis pasiones: la lectura, los viajes, el cine, el arte, la política y la tecnología.

¿Curioso por saber más?
Sole con su bicicleta en un sendero frente al mar, en Favignana.
¿Qué hace Favignana después del toque de la varita mágica?

La Odisea de Nolan: qué deja un rodaje, qué promete una película y a quién le cierra la puerta la protección.

Pedalear en una especie de desierto rocoso blanco y ocre, con el traje de baño aún un poco húmedo, sombrero para protegerse del sol, y ganas de chapuzón en la próxima cala. Almorzar caponata fría mirando las olas y terminar con un caffè al pistacchio. Correr la subida al monte como entrenamiento matinal, y recuperar el aliento con el viento soplando por lo que solía ser una ventana del Castillo de Santa Caterina. Así eran mis días en Favignana, la isla frente a Trapani, hace algunos años. Esa vista, que yo creía mía, ahora es de Ulises, y de las salas de cine de todo el mundo.

Hay destinos que trabajan años para que los elija una película: arman film commissions, ofrecen incentivos, van a ferias internacionales a mostrar sus locaciones. A Favignana, como lo cuentan en la isla, le tocó. La isla más grande de las Egadi, a media hora de ferry, es la Ítaca de La Odisea de Christopher Nolan. Ítaca existe, claro, y está en Grecia, pero el que quiera estar en la Ítaca de la película tiene que ir a Sicilia.

El premio de haber sido set es el famoso derrame económico. Pero una producción no es un programa de desarrollo. Lo que pasa después depende de la isla.

La producción pasó algunos meses en la isla, entre fines de 2024 y la primavera de 2025, para completar unas siete semanas de filmación. Empleó a unas 500 personas entre extras y oficios, y el intendente estima entre 1 y 2 millones de euros de gasto local en esos meses. Por el uso de la vieja tonnara como campamento base, dice, el municipio cobró 130 mil euros. Construyeron un teleférico para subir equipos al castillo y lo desarmaron; el camino que pidió la producción no se autorizó.

Lo que se anuncia es de otro tamaño. 250 millones de euros en turismo en los próximos tres años, o cinco, según quién lo diga, y que nadie firma. En el municipio cuentan que se acercaron inversores de Norteamérica, Medio Oriente e India, que un antiguo complejo vacacional apunta a cinco estrellas y que el Palazzotto Florio abre como hotel boutique en junio de 2027. Festejan, y tienen con qué.

Pero Favignana es una isla de calas. Cortes en la roca desde los que te metés directo al agua, saltando con heroísmo desde plataformas o caminando con zapatitos por lechos de piedras. Las más famosas, como Cala Rossa, fueron canteras donde durante siglos, a mano y en bloques, se sacó la piedra con la que se construyó la isla y parte de Trapani. A las once de la mañana, una cala la comparten los 3.000 habitantes, los que se alojan y los que bajaron del ferry esa mañana. En un día de verano ya son entre 40 y 50 mil personas en la isla.

Los que llegan, dicen en la isla, son en su mayoría italianos, y la mitad sicilianos. Para alguien de Trapani es su playa, a media hora, y para muchos es la vacación de siempre. Durante años, el alojamiento fue cosa de dueños que reformaban su casa para hacerla bed & breakfast. Ahora llegan empresarios a recuperar los inmuebles grandes.

Los medios italianos se espantan con el efecto White Lotus: grupos que avanzan peregrinando hacia la foto, precios elevados, y la isla convertida en una Taormina. Cuando eso pasa, las autoridades buscan protección, y las recetas son dos: frenar la visita por el día y restringir los alojamientos temporarios. El municipio ya mira a Capri, que este verano limitó los grupos a 40 personas. Pero en Favignana el que llega por el día no siempre viene en grupo: también es el siciliano que cruza desde Trapani. Y los alojamientos temporarios son de los dueños de las casas. Lo enlatado rara vez resuelve. La isla ya tiene una regla propia: en verano no entra el auto de quien se queda menos de seis días. Frena el auto, no al vecino.

Podemos preguntarles a los sicilianos cómo se imaginan su isla después de esos cinco años de desarrollo y turismo. Yo me animo a describir la isla a la que me gustaría volver. El mar sigue siendo para nadar. La historia del castillo y la tonnara me la explican guías locales, que además me llevan a probar cannoli rellenados en el momento, como corresponde. Y mientras leo en una roca a la sombra, escucho sicilianos gritándose antes de meterse al agua. Un masaje en el spa del hotel a la tarde y después un aperitivo en el bar del pueblo. ¿Puede una isla crecer, y protegerse, sin echar al que la hace valer la pena?

White Lotus vendía una vida: el hotel, el desayuno, la gente linda arruinándose las vacaciones. Eso se reserva. Nolan vende una vista. Y la vista de Favignana queda al final de una subida sin sombra, o abajo de un salto desde la roca. No hay van que llegue.

Quizás alcance con eso. Quizás la piedra haga de límite sola, lleguen los hoteles y el de Trapani siga cruzando los sábados. Quizás no, y Sicilia se quede sin uno de sus desvíos. No lo sabemos. Ni el intendente, ni los inversores, ni los que viven ahí, ni yo.

Ulises tardó diez años en volver a Ítaca. A esta le vamos a ver la cara bastante antes.

Publicado originalmente en Sole Plazas, el 8 de octubre de 2026.

Viñedo entre cardones y cerros de colores
Historia de dos agostos

En el norte argentino, agosto se festeja dándole de comer a la tierra. En Italia, cerrando la oficina.

En cinco días recibí dos mensajes.

El primero venía de la ruta que une Salta con Jujuy. Una amiga de copiloto, contándome que se tomaba el día para celebrar el primero de agosto, como corresponde. Confieso que tuve que googlear.

El segundo llegó por escrito, desde un estudio de diseño en Alba, Piemonte. Estaban contentos: ya viene la feria. Se acerca Ferragosto.

En el norte de Argentina, así como en otras zonas andinas, están en una época seca y por eso el primero de agosto se cava un pozo en la tierra de algún rincón del jardín, del balcón, de la montaña, y la familia le va convidando lo que más le gusta: empanadas, vino, coca, una gaseosa. Se le da de comer a la tierra. Se agradece, se pide prosperidad y fertilidad, y las empanadas y vino pasan a ser para los asistentes. El siku, que se toca de a pares porque cada músico tiene la mitad de las notas, las chacareras, el rock o la cumbia suenan de fondo, y todo se vuelve una fiesta.

En Italia, para estas fechas, pasa lo contrario. El 15 de agosto se celebra desde épocas romanas. La tradición viene de las Feriae Augusti, el descanso después de las faenas del campo dictado por el emperador, que después absorbió una tradición cristiana, la Asunción de la Virgen. Allá hace calor y está todo cerrado. Si estás en la ciudad, seguramente sos extranjero. No es la tierra la que come y toma, sino los italianos. Decir Buon Ferragosto es una forma de cerrar la oficina, saludar a la familia y tomarse el tren para dejar atrás el cemento.

Algo más se hace en Argentina en esta época, específicamente en el litoral, pero se contagió un poco al resto del país: tomar caña con ruda. El domingo pasado fue el primer encuentro de Vino de Viaje, donde no tomamos caña sino vino. Uno de los vinos era de Jujuy, de la Quebrada de Humahuaca, un desierto alrededor del Río Grande. Cuesta imaginar viñedos ahí, entre cerros de siete y de catorce colores y cardones de varios metros. Pero a la vid le sirve pasar sed: menos agua, racimos más chicos, cada uva más concentrada. Y la radiación de altura le engrosa la piel.

En Piemonte, entre el mar Ligur y los Alpes, el calor de agosto tiene fecha de vencimiento: en octubre no se ve el viñedo de al lado. Ahí se cosecha el Nebbiolo, que lleva el nombre de la niebla y sale pálido igual: es una uva de poco color y mucho tanino.

El desierto donde se ve todo da un vino opaco. La niebla donde no se ve nada da un vino transparente.

Además del vino les conté cómo se viaja a cada botella: dónde queda la finca de los Dupont en Maimará, qué se cruza en la ruta, dónde parar. Y hablamos de la pasacana, la fruta del cardón, con esos vellos blancos. No conté la leyenda: la hija de un cacique que huyó con un amor prohibido, y la Pachamama que los cobijó transformándolos. Ella quedó abrazada a él, bajo el poncho verde.

Mi amiga ya brindó por la tierra y está volviendo por esa ruta. En Alba están cerrando el estudio. Los cardones siguen ahí, parados en el desierto.

Publicado originalmente en The Detour, el 10 de agosto de 2026.

Banco de madera entre árboles frente a un lago, con montañas nevadas reflejadas en el agua
No llevaba efectivo y terminé en el pueblo equivocado

Un ferry que no acepta tarjetas, un desvío sin querer, y una copia china a 8.000 kilómetros.

Cuando le dije a mi madre que iba a los Alpes, me recomendó no dejar afuera una visita a Hallstatt. Era el lugar que más le había gustado, en su viaje quince años atrás. Me advirtió que no era fácil llegar, que ella había ido con un tour. Yo, cabeza dura, decidí que no.

Con la ayuda de Google y la IA, optimicé el recorrido perfecto desde Salzburgo. Hallstatt tiene un lago de por medio con su estación de tren, y se puede llegar por caminos para auto directo, o con una combinación de medios de transporte. Elegí la complicada: un escénico bus bordeando el gran Wolfgangsee, unas pocas paradas de tren local y, finalmente, un corto paseo en barco que, trazando una línea recta perfecta, cruza el Hallstätter See para llegar al pueblo más lindo de toda Austria y quizás de los Alpes.

Pero la optimización falló. Cuando el gentío descendió del tren y se empezó a apiñar en el muelle, escuché en una conversación ajena el que iba a ser mi problema: only cash. Y claro, yo no tenía. Con muy poca esperanza esperé a que amarre el barco para consultarles posibles excepciones. Me contestaron con un seco y sencillo “no”. Quedé varada del lado equivocado del lago.

Miré a la orilla izquierda y divisé un sendero por el que, según el mapa, el próximo pueblo estaba a una hora a pie. La alternativa era esperar otro tren, que tardaba lo mismo, o volverme. Me pareció un lindo paseo al sol, y emprendí camino en lo que parecía ser un sendero para bicicletas, con subidas y bajadas por algunos kilómetros junto al agua. Cuando llegué a Obertraun encontré un pueblo pintoresco, pero fantasma. Desde donde comenzaba el pueblo, con sus casitas de arquitectura alpina y hoteles chicos deshabitados, caminé 20 minutos más, empezando a dudar de mi estrategia, que me había llevado caminando a la nada.

Unos metros más allá de la capilla estaba el famoso ATM. En la parada de bus, un prolijo cronograma anunciaba el próximo servicio dentro de una hora. Después de un corto y cálido intercambio con la encargada de la oficina de turismo, enfocado en las actividades que el invierno pronto traería con la nieve, salí a seguir dando vueltas hasta que fuera la hora. Al silencio absoluto lo rompió un bus devolviendo niños tras la jornada escolar. Mientras bajaban y se dispersaban corriendo a sus casas, llegó el mío. A los minutos estaba sentada con la nariz junto al vidrio para observar bien de cerca el recorrido que subió al centro de esquí de Krippenstein, en el macizo del Dachstein, que me llevó, finalmente, a Hallstatt.

La primera impresión no me la dio el pueblo, sino la cantidad de gente con valijas, grandes y muy grandes, que se movía en todas direcciones. Para mí era un destino de paseo por el día, me costó entender qué pasaba. Como el desvío me había llevado más tiempo del previsto, me concentré en conseguir mi almuerzo, aunque no con mucho éxito: los lugares estaban cerrados, o abiertos pero sin ganas de recibirme. Conseguí, finalmente, una sopa frente a la iglesia protestante. Caminé el pueblo de punta a punta en mucho menos tiempo del que me había llevado el soleado sendero. Leí los enojados carteles de los puntos panorámicos: podés sacar la foto de postal, pero en silencio y sin mostrar entusiasmo.

Es que claro. Hallstatt vivió un boom, especialmente después de que la postal se materializó en un pueblo replicado ladrillo por ladrillo por una compañía minera en Boluo, provincia de Guangdong.

El pueblo existe por la sal. Su mina, una de las más antiguas del mundo, era administrada por los Habsburgo desde Viena: de ahí el nombre de la región, Salzkammergut, el cofre de sal de la corona. Hoy es una atracción con tobogán. Estaba cerrada por reformas, como el balcón gigante que construyeron para sacar fotos con vista al See. Hasta fines del siglo XIX, a Hallstatt solo se llegaba por el lago o por senderos de montaña. Ahora llegan dos rutas, una por cada orilla.

Sin miradores disponibles y con el sol ya bajando, me esforcé por recorrer todas las calles, las que subían y no tenían tiendas, las que estaban lejos de los puntos panorámicos. Pero igual, el pueblo se agotó rápido. Volví en bus a Obertraun. No quise darle el gusto a los del barquito. Después de esperar en el silencio de la estación, me subí al tren vacío. En la próxima, la de Hallstatt, subían todos.

¿Tenés un pueblo de al lado? Uno al que llegaste de casualidad y te gustó más que el famoso. Dejame el nombre en los comentarios: los estoy coleccionando para una edición futura.

Publicado originalmente en The Detour, el 14 de julio de 2026.